No pretenda que le llame señor porque esté ahí arriba. Usted manda a otros matar por sus propios intereses, y yo lo hago por mi propia mano, haciéndome cargo de mis actos y de rendir cuentas con mi conciencia…

El culatazo en la cabeza llegó, como no podía ser de otra manera, pero lo hizo tras una mirada cargada de furia y oscuras amenazas por parte del superior hacia sus hombres, y del titubeo de estos al no atreverse a golpear al cuerpo machacado que yacía esposado en la silla. Tampoco fue un golpe rotundo, apenas un roce dado sin ganas por uno de los más jóvenes.

Lo fusilaron al alba, con prisa y sin ruido. Nosotros estábamos en el barracón, pero esta vez nos dejaron las ventanas abiertas y pudimos oír sus dos últimas peticiones: que no le vendasen los ojos, y poder dirigir su propio pelotón de fusilamiento. Ninguna le fue concedida, y así aquellos hombres se vieron exentos de tener que mirar y guiar hacia a la muerte a quien en el fondo de sus corazones de soldado sabían inocente.

A mi me tocó enterrarle para escarmentarme, decían, por haber estado a sus órdenes tiempo atrás. Aunque no hacia falta, yo ya estaba suficientemente escarmentado. A una edad en que la mayoría descubren la vida, el amor o lo que el buen dios les tenga preparado, yo había matado, luchado y renegado de unas ideas que nunca, ahora lo comprendo, fueron mías, además de aprender el terrible precio de eso que todos llaman honestidad y coherencia, sin saber apenas de lo que hablan.

Estaba tan escarmentado, que al final era exactamente como todos aquellos de los que renegaba. O incluso peor, porque conocía el otro lado, el de la dignidad, pero nunca daría el paso necesario para hacerla mía.

La lluvia se unió al borroso cortejo fúnebre, y así pude ver correr sin miedo esas lágrimas que me había jurado no mostrar a nadie. Dejé su cuerpo cubierto por un sábana llena de círculos rojos, y quise gritar, como quise hacerlo muchas veces después, pero el instinto de supervivencia ahogaba los gritos recién nacidos.

Diecinueve años cumplía ese día y mi regalo fue abandonar mis ideales y mi juventud en aquel páramo. Comprendí demasiado pronto que las guerras nunca acaban con el disparo del último tiro, ni con los discursos oxidados de los vencedores. Termina la lucha sí, pero los vencedores siempre olvidan aquello contra lo que luchaban.

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Oct
24.
olvidado en: leer, mirar

Están en tu ciudad… Pensiones oscuras, tétricas; parques con bellos durmientes; vidas arrastradas, engullidas al abismo por el torbellino de las circunstancias. Una ciudad hecha de un solo callejón sin salida. La marginalidad de un circo donde crecen los enanos. La muerte, que soy yo y está en mi cuando cruzo una autopista a 200 km/h sin moverme de una estación de metro donde canto a cambio de alguna moneda.

Todos sois como yo, y ninguno somos igual. Nadie se salva de temer a la vida, al sufrimiento, a la soledad, a la muerte. Nadie se salva… O me vas a salvar tú??

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Oct
16.

En la vieja librería del salón, justo antes de llegar a las ajadas revistas de mi padre llenas de señoritas que intentan pasar desapercibidas, hay un libro sin tapas que nos cuenta cómo Ulises, empeñado en regresar a Itaca, fundó la ciudad de Lisboa. Quizás ya desesperado de ser un juguete en manos del destino -llámalo Dios si te es más cómodo – o simplemente harto de perseguir una Itaca cada más cercana al terreno de los sueños que al de la realidad.

Mira bien en tu interior, justo a ese lugar que te aterra confesar. El oscuro rincón donde ninguna de las personas que creen haber pasado por tu vida han llegado siquiera a atisbar. Esa parte tuya que niegas, y que es una pequeña isla donde tomos somos un poco Ulises empeñado en vivir hacia atras, luchando por creer que en un puñado de recuerdos distorsionados se encuentra la felicidad.

Esos recuerdos, apenas diez minutos, y entregas toda una vida a intentar repetirlos. A regresar a los sitios donde creíste ser feliz, los viejos lugares, los cuerpos que abandonaste, los que creíste tus amigos para siempre…

El eterno vacío como fuente de respuestas…

Piensa en ello, o mejor aún, no lo hagas, ya no hay tiempo para hacerlo. No busques ahora soluciones, sólo intenta controlar los daños…

Como comprar cuadros para una casa hundida e inundada desde los cimientos.

El libro no acaba de contarlo, pero eso lo sé yo, Ulises nunca volvió a Itaca. Ese final feliz sólo es para los amantes de los finales llenos de perros que siempre recuerdan a sus dueños pese al tiempo y la distancia. Ulises era un cobarde, como tú, como yo, y sabia que la Itaca real sólo sería un burdo retazo de su Itaca soñada.

Se quedo aquí, en Lisboa. Si prestas atención lo puedes ver perdido, caminando sin prisa por alguna de sus innumerables plazas. Convertido en hombre caracol con una casa de cartón a sus espaldas.

No le gusta hablar del pasado. En todo este tiempo, dice, he aprendido a vivir hacía delante. ¿La felicidad?, sonríe con la boca rota, ya no la busco..

No podría reconocerla.





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Oct
08.
olvidado en: leer

He perdido el norte. Como quien pierde las llaves de casa, yo he perdido la razón. No recuerdo un motivo para reír… pero río. No tengo amigos a quienes llamar… pero marco el número de teléfono de desconocidos y les cuento que soy un cocodrilo que acecha a otros cocodrilos, que les vigilo agazapado en alguna esquina y me lanzo sobre sus cuerpos reptantes en el momento más inesperado. He perdido la cabeza y soy un pequeño saurio a la caza y captura del gran saurio. Y me estoy quedando solo. Poco a poco. Irreversiblemente solo. Rodeado de suelos y paredes forrados con piel de cocodrilo. Irremediablemente solo. Y tú lo sabes… y tanto que lo sabes. Sabes que no puede ser. Que tú y yo somos cocodrilos y que cazamos cocodrilos como deporte, que mientras tú les persigues con inexorable persistencia, yo escucho sus cuerpos reptando. Con la esperanza de que vengan tiempos mejores. O no. Y sonrío. Otra vez. Quizá eso sea lo más grave, querido, que sonrío. Quizá por, o a pesar de que somos los cocodrilos a los que temen los demás cocodrilos

 

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El artista del alambre no hubiese sido posible sin los chicos de Wordpress, la música de los cero, las plumas Waterman y los lapices de colores Alpino...

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