Esta llave, querido amigo, es la llave de la felicidad. Me fue entregada con un pescozón cariñoso y un dedo lleno de manchas cruzando los labios. Sí, comprendo su cara de sorpresa, pero entonces yo era apenas un niño, y aún no sabía que la sabiduría es un atributo añadido a al vejez para hacerla menos vergonzosa. Por eso pasé toda mi infancia con esta llave colgada aquí, en mi cuello donde la ve ahora y probándola en cuanta cerradura me salía al paso, buscando tras cada puerta la felicidad. Cerraduras físicas, claro, y más tarde, en el terrible viaje de la adolescencia, cerraduras metafísicas asaltadas en moteles de carretera entre el humo de las velas y las promesas de eternidad. Cuánta ingenuidad encerrada en una sola frase, siempre estaremos juntos.
Si esto fuese un cuento de Paulo Coello, le diría que un día, al salir de la ducha, vería una abertura en mi pecho, cerca del corazón, donde la llave encajaba perfectamente; porque la felicidad, esa es la clave, se encuentra en nuestro corazón, y no se precisa más llave para sacarla que nuestra propia voluntad.
Pero la verdad, amigo mío, es mucho más prosaica. Fue al morir aquella anciana cuando todos los hermanos emprendimos procesión hasta su casa, para poner en orden las cosas y, no nos engañemos, para ver que nos tocaba en el saqueo de Itaca. Fui entonces llamado, es la única expresión que me parece apropiada, hacía la salita de estar, como ella la llamaba, y allí estaba la cerradura metafísica, mi santo grial en forma de pequeño mueble de nogal.
Es curioso pero la llave de la felicidad no era otra cosa que la llave del mueble bar de mi abuelo.
Será mejor no sacar conclusiones…
¿Otra copa?
