Sep
30.
olvidado en: leer

Esta llave, querido amigo, es la llave de la felicidad. Me fue entregada con un pescozón cariñoso y un dedo lleno de manchas cruzando los labios. Sí, comprendo su cara de sorpresa, pero entonces yo era apenas un niño, y aún no sabía que la sabiduría es un atributo añadido a al vejez para hacerla menos vergonzosa. Por eso pasé toda mi infancia con esta llave colgada aquí, en mi cuello donde la ve ahora y probándola en cuanta cerradura me salía al paso, buscando tras cada puerta la felicidad. Cerraduras físicas, claro, y más tarde, en el terrible viaje de la adolescencia, cerraduras metafísicas asaltadas en moteles de carretera entre el humo de las velas y las promesas de eternidad. Cuánta ingenuidad encerrada en una sola frase, siempre estaremos juntos.

Si esto fuese un cuento de Paulo Coello, le diría que un día, al salir de la ducha, vería una abertura en mi pecho, cerca del corazón, donde la llave encajaba perfectamente; porque la felicidad, esa es la clave, se encuentra en nuestro corazón, y no se precisa más llave para sacarla que nuestra propia voluntad.

Pero la verdad, amigo mío, es mucho más prosaica. Fue al morir aquella anciana cuando todos los hermanos emprendimos procesión hasta su casa, para poner en orden las cosas y, no nos engañemos, para ver que nos tocaba en el saqueo de Itaca. Fui entonces llamado, es la única expresión que me parece apropiada, hacía la salita de estar, como ella la llamaba, y allí estaba la cerradura metafísica, mi santo grial en forma de pequeño mueble de nogal.

Es curioso pero la llave de la felicidad no era otra cosa que la llave del mueble bar de mi abuelo.

Será mejor no sacar conclusiones…

¿Otra copa?

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Sep
22.
olvidado en: leer, mirar

Qué sorpresa encontrarte aquí. Qué sorpresa porque algo hay que decir cuando el silencio atenaza, y se buscan palabras que impidan escucharnos. Pero por qué sorpresa, y no cualquier otra cosa en su lugar, al fin y al cabo nuestros mundos no son tan grandes como nos gustaría, y es fácil volver a caer en la tentación de los lugares comunes que puedes describir casi sin esfuerzo… El olor del aceite quemado flotando en el aire, contaminado incienso de templos paganos mezclado con el olor de las colonias caras y la ropa limpia. Actrices con el fracaso pintado en cada arruga anunciando perritos voladores que nadie oyó nunca ladrar ni, por supuesto, volar. Las chispas de los coches de choque y, claro, la noria. Contigo ahí arriba de nuevo en los diecisiete, batiendo palmas y gritando en cada subida. Y yo ahí abajo, niño gusano, niño hombre con los pies hundidos en el barro. Convertido en fiel guardián de mi vértigo, mi estupidez y tu bolso. Un bolso ya de mujer, tan insondable en sus profundidades como tu alma.

Siempre así, contigo flotando en las alturas ajena a todo, y yo hundido en la realidad de cada día. Dos contrincantes que esperan la derrota del otro, y viven cada uno en su esquina del ring, encontrándose de vez en cuando, casi sin querer, en el centro del cuadrilátero para intercambiar golpes cansados.

Poco a poco las luces van desapareciendo a nuestras espaldas en lenta formación, y el coro desafinado de cien altavoces se convierte en el hilo agónico colgando del último puesto por cerrar. Nos vamos cogidos de la mano mientras sorteamos en la penumbra los restos y las promesas rotas. Dejamos atrás, sin poder dejarlo del todo, el pringoso olor del aceite pegado en tu pelo…

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Sep
18.

Fue una señal. Todas las fotos de aquel verano salieron movidas. Todas menos aquella en la que aparezco con la cabeza cortada. Fue una señal pero… yo nunca fui buena interpretando señales, adivinando los motivos por los cuales siempre circulábamos por autopistas, como si tuviésemos prisa por acabar con aquello. Sentido de la economía, decías tú. Después vino todo lo demás. Yo, cantando por Camarón “sol del Caribe dame en la cara que quiero que volvamos morenos a España”. Tú. Tus arrebatos de trascendencia hablando del sentido de la vida y de un montón de estupideces que yo nunca lograba entender… no sé bien si por los excesos de alcohol, por el volumen de la música o porque, hablemos claro… en tu puta vida te has explicado como un libro abierto… Del último hotel, el más caro, nos fuimos sin abonar la cuenta. Aquello también debió de ser una señal. El principio del sinsentido del final. Como cuando te fuiste de casa y le dejaste las llaves al mendigo de la esquina. El sinsentido. Tu última postal. Desde París, claro. Deberías de quedarte allí para siempre. Para no verme obligada nunca más a escribir sobre el amor. Que el amor es simple, me contó Chavela. Y a las cosas simples, querido,  las devora el tiempo.

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Sep
09.
olvidado en: leer

La fiesta empezó. Era el momento de los cuentos y del mundo al revés… “Pasen y vean”, gritaba el gorila de la puerta. La niebla artificial anuló lo que pudó ser verdad. Lo que creí un corazón de cristal resquebrajado era sólo un cubito de hielo deshaciéndose en el suelo; lo supe cuando se me inundó la voz mientras mi mano le decía “corazón, dicen que el tiempo todo lo-cura”.

The party’s over. Era la hora del triple salto mortal. Justo cuando estaban a punto de echarme del local por dibujar en la pared con mi barra de labios aquella maldita ola que acabó anegando gargantas y oxidando las miradas de hojalata de todos los presentes.

Fue una lástima. Aunque nadie lo sintió demasiado.

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