Estamos sentados sin hablar, cada uno lastrado por sus propios pensamientos que lentamente sucumben bajo el efecto de la botella mediada, estratégicamente situada entre los dos. Un par de vasos más, y todo será un confuso amalgama de ideas sin sentido.
No somos, nunca lo fuimos, héroes trágicamente enfrentados con su destino, pero como tales nos sentíamos hace un rato, tras depositar el viejo colchón sobre la acera con los dientes apretados, intentando ignorar la horrible mancha que ni la química ni la fuerza lograron extinguir; tozuda y fiera como lo fue su dueña hasta el final.
Bien poca dignidad hay en la muerte, hasta en eso nos jodieron bien. Ni grandes palabras, ni gestos gloriosos; sólo un estertor ahogado y una terrible mancha a modo de recordatorio, un NoMeOlvides trazado con furia. Dónde los cielos abiertos, dónde la triunfal trompeta del apocalipsis; nada, no hubo nada, ni pitidos urgentes, ni médicos de batas blancas corriendo por los pasillos. Total, si tiene que morir mejor en casa con su gente y amigos. Buena idea, pero ella no tenia ni una cosa ni otra, y mucho menos dinero que entregar a esas prostitutas del dolor y la miseria ajena. No tenías nada, excepto a nosotros que llegamos justo al final, y nos dejamos atrapar por tus ojos tristes, tus historias de búsquedas y soledad, y tu lucha constante y desigual, casi perdida aún antes de empezada, por buscar nadie sabe bien el qué.
Y ahora volvemos a estar como lo estuvimos entonces. Atrapados en el filo de la madrugada, con una botella peligrosamente vacía entre medias, y sin una mancha que nos recuerde que, al menos una vez, hicimos algo digno, un salvoconducto para entregar a nuestro favor el día del juicio, cuando descubramos por fin que no hay aplausos al final de la obra, y que alguien olvido escribir la palabra fin.
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