Recorro los surcos de tu cuerpo iluminados sin piedad por los halógenos del techo, y noto tu mirada cruzarse con la mía entre los restos del naufragio de la habitación. Me miras camuflada tras el espejo del baño, y veo crecer una sonrisa desde tus ojos a la boca. Nunca entendiste que extraña broma del destino nos había unido, y nunca pude ni quise culparte por ello. Lentamente dejas lo que estas haciendo, y te acercas hacia mi recortando tu silueta desnuda en la penumbra. Tu llevas la marca del perdedor, me dices besándome en la frente, como haces cada vez que me esfuerzo en ser uno de esos tipos que parecen llenar tu vida. Sé, de esa forma rotunda y cruel en que se saben las cosas sin explicación , que habrá un día en que no podre mas, y me enfrentare al cansancio de tantos encuentros furtivos, a las llamadas a media noche, y a buscar motivos para dejarme atrapar en los mapas de tesoros enterrados en cada esquina de tu cuerpo.
Te recuerdo desde que eras una niña de coletas y uniforme, y te conozco desde los lejanos tiempos del instituto, eras la chica de uno de los cursos superiores. Una chica como tú era lo máximo que le pedíamos a la vida, y mientras componíamos nuestras poses de indiferencia, cruzábamos los dedos y le pedíamos a Dios una mirada, una sonrisa, cualquier cosa que nos hiciese reales a tus ojos cargados de indiferencia.
Los tipos duros del barrio crecieron tan deprisa que casi no los pudimos ver. Las chicas en los descampados tras el cine, las drogas a escondidas, las peleas, y las muertes absurdas formaron parte de su geografía mucho antes de que nosotros, los que vinimos detrás, supiésemos nada del lugar que ocuparíamos en el mundo.
Erais demasiado importantes para perder vuestro tiempo sentados en aquellos incómodos pupitres de madera, aunque quizás alguno hubiese oído la historia del tipo que quiso volar, y los dioses le entregaron unas alas de cera con una advertencia grabada en ellas: no te acerques al sol. El tipo, al parecer, no hizo mucho caso, y sus alas se derritieron precipitándolo al vacío sin refugio ni sostén. El profesor, enrojecido por la ira, no dejaba de pasarse el dedo por el alzacuellos, y levantando su ridícula estatura sobre los talones nos trasmitía su extraña visión del mundo, ese es el terrible precio de la vanidad, decía, las leyes de Dios son inquebrantables, y ese es el castigo por romperlas. Ahí estaba su Dios, lento en las recompensas pero implacable en los castigos.
Pienso ahora en lo que han sido nuestras vidas, en como las hemos llevado adelante. Algunos lograron cumplir con aquel viejo sueño, y huyeron del barrio sin volver nunca la vista atrás, otros incluso han formado familias y parecen felices atrapados en su rutina. Pienso en nuestros sueños, y en lo poco que duraron cuando la realidad les mostró su verdadero rostro. Pienso en eso, en nuestras vidas y en las suyas, las de los tipos duros, y no encuentro fuerzas para mover la cabeza despreciándoles como antaño hicieron nuestros padres.
Quizás aquel tipo, el que soñaba con ver el sol, sabía cual era el precio de sus actos y no le importó pagarlo. Quizás decidió que su vida, aunque mucho más breve, sería mucho mejor si lograba acercarse por un instante a ese astro que brillaba inalcanzable en las alturas.
Quizás….